martes, 6 de noviembre de 2012

Hace Falta País


Tomado del artículo publicado por Augusto Trujillo Muñoz para el periódico El Espectador

Por eso hay que meter a la gente en su ejercicio y no cerrarle los espacios políticos. Esto genera crisis y aquello las resuelve. La paz no es la ausencia de conflictos, sino la ausencia de conflictos violentos. Ello es posible en las democracias que se construyen sobre un pacto de estado, cuya legitimidad garantiza la gobernanza, y facilita las opciones de renovación sin traumatismos, al tenor las dinámicas propias de la sociedad.
El proceso constituyente de 1991 fue un pacto de estado que, si bien tuvo sobresaltos, se cumplió sin traumatismos. Quiso desatar un proceso de consolidación institucional apto para la renovación propia de la vida social. Sus inspiradores pensaron la constitución que habrían de redactar como una carta de navegación flexible, relativamente fácil de reformar, sintonizada con las ideas de participación, autonomía y equidad, propias del estado social de derecho. Aquel pacto se ha resentido: le falta país.
En su libro sobre el Congreso en la Constituyente Alfonso Palacio Rudas subraya cómo la Carta del 91 sembró los principios de una política futura. “En los mecanismos de participación ciudadana…se encuentra la semilla de un nuevo orden, pues a la luz de esos preceptos los colombianos podemos aspirar a darnos leyes directamente, modificar las existentes y vetar aquellas que no consulten el interés superior de la comunidad…”.
Por su parte Álvaro Gómez Hurtado dijo en su discurso de clausura de la Asamblea Constituyente: “Colombia es un país joven que tiene que ensayar. Debe ensayar. No puede limitarse a las únicas oportunidades que no tengan peligro. Porque los peligros se nos vinieron encima y para contrarrestarlos no bastan las posturas timoratas”.
No sin razón los colombianos hablaron, entonces, de un “nuevo país” que, sin embargo, no acabó de nacer. Naufragó entre los temores al tránsito del sistema representativo a las formas de participación y las posturas timoratas del viejo país que sigue negándose a morir. Ahí está el testimonio de un congreso incapaz de acometer una reforma a la justicia. Ahí está el de unas cortes comprometidas con el mantenimiento de su propio statu quo. Ahí está el de unos analistas que prefieren ignorar una crisis evidente, a aplicar los mecanismos que la constitución consagra para resolver las crisis.

El último argumento que leí es inverosímil: no hay constituyente mansita. No la hay, por supuesto. No puede haberla, salvo en los regímenes autoritarios. Es un escenario amplio y abierto para la deliberación que no le pertenece a nadie: ni a quien la propone ni a quien la convoca. Sólo le pertenece a la gente. En él se controvierte, se debate, se polemiza en busca de un consenso de mínimos. Ese es el país que hace falta para que las instituciones recuperen legitimidad.
Probablemente sea cierto que las carencias de los colombianos en materia de cultura democrática no se corrigen cambiando la constitución. Pero también es cierto que se agudizan y pervierten con el bloqueo de los espacios para la participación. El momento exige imaginación para ejercer la política y para pensar el derecho: el congreso quedó deslegitimado no sólo para reformar la justicia, sino para reformar la constitución.

No hay comentarios:

Publicar un comentario