jueves, 8 de noviembre de 2012

Un país con 100% energía solar


Tokelau, un archipiélago de Oceanía situado en el Pacífico, se acaba de convertir en el primer territorio del mundo que obtiene toda la electricidad que consume su población a partir de paneles de energía solar

Se trata de un importante hito en materia de energías renovables


El archipiélago, a medio camino entre Nueva Zelanda y Hawaii, consta de tres atolones y más de 120 islotes, y en él viven mil 500 personas. En total cuenta con más de 4 mil paneles solares. Hasta ahora se usaban generadores alimentados con diesel, de manera que el gasto en combustible rondaba los 825 mil dólares al año (más de un millón de pesos mexicanos), que ahora no será necesario.

Estamos ante una excelente demostración de cómo pequeños países del Pacífico pueden allanar el camino de las energías renovables, asegura Mike Bassett Smith, responsable del proyecto.

Las vecinas Islas Cook y el archipiélago de Tuvalu también pretenden abastecerse completamente a partir de energías renovables para el año 2020. Además de la energía solar, se baraja el uso de biocombustibles obtenidos a partir del coco, una materia prima abundante en las islas.

martes, 6 de noviembre de 2012

Hace Falta País


Tomado del artículo publicado por Augusto Trujillo Muñoz para el periódico El Espectador

Por eso hay que meter a la gente en su ejercicio y no cerrarle los espacios políticos. Esto genera crisis y aquello las resuelve. La paz no es la ausencia de conflictos, sino la ausencia de conflictos violentos. Ello es posible en las democracias que se construyen sobre un pacto de estado, cuya legitimidad garantiza la gobernanza, y facilita las opciones de renovación sin traumatismos, al tenor las dinámicas propias de la sociedad.
El proceso constituyente de 1991 fue un pacto de estado que, si bien tuvo sobresaltos, se cumplió sin traumatismos. Quiso desatar un proceso de consolidación institucional apto para la renovación propia de la vida social. Sus inspiradores pensaron la constitución que habrían de redactar como una carta de navegación flexible, relativamente fácil de reformar, sintonizada con las ideas de participación, autonomía y equidad, propias del estado social de derecho. Aquel pacto se ha resentido: le falta país.
En su libro sobre el Congreso en la Constituyente Alfonso Palacio Rudas subraya cómo la Carta del 91 sembró los principios de una política futura. “En los mecanismos de participación ciudadana…se encuentra la semilla de un nuevo orden, pues a la luz de esos preceptos los colombianos podemos aspirar a darnos leyes directamente, modificar las existentes y vetar aquellas que no consulten el interés superior de la comunidad…”.
Por su parte Álvaro Gómez Hurtado dijo en su discurso de clausura de la Asamblea Constituyente: “Colombia es un país joven que tiene que ensayar. Debe ensayar. No puede limitarse a las únicas oportunidades que no tengan peligro. Porque los peligros se nos vinieron encima y para contrarrestarlos no bastan las posturas timoratas”.
No sin razón los colombianos hablaron, entonces, de un “nuevo país” que, sin embargo, no acabó de nacer. Naufragó entre los temores al tránsito del sistema representativo a las formas de participación y las posturas timoratas del viejo país que sigue negándose a morir. Ahí está el testimonio de un congreso incapaz de acometer una reforma a la justicia. Ahí está el de unas cortes comprometidas con el mantenimiento de su propio statu quo. Ahí está el de unos analistas que prefieren ignorar una crisis evidente, a aplicar los mecanismos que la constitución consagra para resolver las crisis.

El último argumento que leí es inverosímil: no hay constituyente mansita. No la hay, por supuesto. No puede haberla, salvo en los regímenes autoritarios. Es un escenario amplio y abierto para la deliberación que no le pertenece a nadie: ni a quien la propone ni a quien la convoca. Sólo le pertenece a la gente. En él se controvierte, se debate, se polemiza en busca de un consenso de mínimos. Ese es el país que hace falta para que las instituciones recuperen legitimidad.
Probablemente sea cierto que las carencias de los colombianos en materia de cultura democrática no se corrigen cambiando la constitución. Pero también es cierto que se agudizan y pervierten con el bloqueo de los espacios para la participación. El momento exige imaginación para ejercer la política y para pensar el derecho: el congreso quedó deslegitimado no sólo para reformar la justicia, sino para reformar la constitución.

Si el mundo fuera literal.. ¿Qué pasaría? por René Perez (Residente Calle 13)


¿Qué pasaría si en nuestro mundo todo se interpretara de manera literal?
Un Picasso sería un garabato…
(y un Basquiat, ¡su peor pesadilla!)

Aunque sé que es extenuante darle explicaciones a una persona que cree que leyéndose una oración de un libro ya se leyó el libro, aquí voy, solo por el bien de los des-informados. Me refiero a las expresiones de Albita Rivera en El Nuevo Día.

A esta señora hay que pasearla por la historia y por varias clases  universitarias. Es el ejemplo perfecto, exacto y puntual de la desinformación boricua.

¿Qué pasaría si en nuestro mundo todo se interpretara de manera literal? Un Picasso sería un garabato, Isadora Duncan habría hecho “monerías” en lugar de bailar y un solo de guitarra de Jimi Hendrix sería solo ruido con distorsión. 
literal.
(Del lat. litterālis).
1. adj. Conforme a la letra del texto, o al sentido exacto y propio, y no lato ni figurado, de las palabras empleadas en él.

Si la vida fuese así de literal, deberíamos llenarnos de indignación ante la pintura “El Velorio” de Francisco Oller. ¿Cómo es posible que toda esa gente esté celebrando de lo más campante, ‘tan indiferentes’ al hecho de que ha muerto un bebé? Si hoy en día, una madre o una familia, celebrara una fiesta ante la muerte de su bebé, posiblemente la señalarían como ‘persona de interés’ o ‘sospechosa de la muerte de la criatura’.

En cuanto a los versos de la letra que hizo parte de su noticia, podría darle todo un análisis de por qué, para qué, para quién y cuando la escribí, aunque sería más educador y productivo, si la persona que hizo el trabajo de investigación a medias, se diese cuenta que las letras no se analizan textualmente como se analizan los reportajes de un periódico. De igual forma, no se hace con ninguna de las ramas del arte. Tan simple como eso.

No obstante, para no abonar a la des-información (y lo escribo así con toda intención), la canción de la que habla se llama “Sin exagerar” y trata sobre cómo muchos artistas, mayormente urbanos, alardean sobre todo lo que supuestamente tienen. Está escrita en primera persona, lo que hace que muchas personas piensen a la ligera y crean que el tema es autobiográfico.  Sin embargo, se puede escribir en primera persona y no ser autobiográfico, como también escribir en tercera persona, y sí ser autobiográfico; esto lo decide el escritor y no quien lo lee. En este caso, nada más con leer la letra, es obvio que se trata de un personaje. Si interpretamos todos los temas que se han escrito en primera persona como autobiográficos entonces Rubén Blades tendría un hijo de nombre Ramiro gracias a Maestra Vida.

Definitivamente, puede ser extenuante dar explicaciones en casos, particularmente como este, porque es muy probable que no tenga la apertura de querer o poder entender las cosas objetivamente.  Paradójicamente, siento que es casi halagador que se haya tomado el tiempo de indagar en mis circunstancias personales. Dudo que haga eso con todo el mundo. Podría tomarlo como una invasión a la privacidad, pero hace tanto que no tengo privacidad que no voy a permitir que eso me preocupe o interfiera con mi tranquilidad de conciencia. Así que, muchas gracias por su gran interés en mi persona.

En lo que a mí, respecta, tengo la costumbre de conocer bien sobre la materia antes de emitir expresiones. Alguien no hizo bien su trabajo investigativo antes de emitir el comunicado con sus declaraciones. Yo sí sé, que antes de atacarla por el mero placer de hacerlo, me aseguraría de la veracidad de los argumentos.

No tengo obligación de aclarar nada. Pero lo voy a hacer en deferencia a su interés por mi persona, y en deferencia a su rol de mujer. Lo más que tengo a mí alrededor son mujeres, y me refiero estrictamente a mi familia: hermanas, primas, primas hermanas, tías, sobrinas… todas merecen un infinito respeto a su rol como mujeres y como personas pensantes y capaces de dirigir el mundo si lo quisieran hacer.
Aquí van mis breves notas:
a)     Sí tengo domicilio oficial en San Juan (por el cual pago todos los meses y en el cual se encuentran una gran cantidad de mis pertenencias. Viajo mucho, por lo tanto “vivo” en diferentes lugares.
b)     Vine a inscribirme en junio de 2012, pero resulta que cerraron la inscripción, sin aviso público porque estaban trabajando para tabular los resultados de las primarias y cerraron las juntas de inscripción al otro dia de éstas. (creo que era un fin de semana largo y no abrieron hasta martes)
c)     De ahí partí para una gira en Europa, y posteriormente para argentina. No podía regresar para inscribirme.
d)     En ningún momento he dicho ‘voy a votar por ‘x’ o ‘y’
e)     Tengo derecho a la libre expresión y, como tal, puedo recomendar por quién votaría y decir a quién respaldo. (Respaldar/apoyar/favorecer/endosar, no es un sinónimo de votar)

Por otro lado, a pesar de que siempre Digo lo que Pienso, lo pensaría dos veces antes de decir públicamente que los que apoyan la candidatura de algún candidato que no favorece la estadidad “son personas con ideales separatistas y comunistas”. Entiendo que es mucho más fácil buscar la paja en el ojo ajeno. ¿Acaso no podría ser porque simplemente se sienten orgullosos de ser puertorriqueños y prefieren seguir teniendo una sola estrella que ser la #51”? Eso me recuerda el refrán ‘es mejor ser cabeza de ratón que rabo de león’.

Tengo muchos amigos estadounidenses y la mayoría no entiende como es posible que Puerto Rico siendo un país que desea seguir el modelo estadounidense no empieza por independizarse como una vez lo hicieron ellos. 

Me parece un acto partidista apasionado que se menosprecien las capacidades de Carmen Yulín Cruz, Rafael Bernabe, y José (Tato) Rivera Santana. Son personas de gran compromiso con nuestra nación, Puerto Rico, con su bienestar y con su puertorriqueñidad. Esto, sin incluir sus conocimientos, su preparación y todas las cualidades que les hacen merecedores del mayor respeto.

Utilización de agua supercrítica para producir ETANOL


Renmatix, una start-up con sede en Kennesaw, en el Estado de Georgia (EE.UU.) está usando agua supercrítica, es decir agua sometida a altas presiones y temperatura, para transformar astillas de madera en azúcar que, a continuación, puede fermentarse para fabricar biocombustibles y otros productos químicos. Bajo estas condiciones, la celulosa se disuelve y se convierte rápidamente en moléculas de azúcar. Las reacciones tardan segundos, comparadas con otros procesos que tardan varios días.

Debido a la alta velocidad de la reacción, un pequeño equipo puede producir una gran cantidad de azúcar, lo que contribuiría a reducir los costes de capital. La empresa afirma que el proceso puede producir azúcar al mismo precio que partiendo de la caña de azúcar, algo que ya se está usando para producir biocombustibles rentables en Brasil. Una vez creado el azúcar, se puede fabricar etanol usando la misma tecnología que en una planta convencional.

Por ahora, Renmatix solo ha probado la tecnología a pequeña escala, usando una planta capaz de procesar tres toneladas de astillas de madera al día.

Sin embargo, trabajar con agua supercrítica presenta sus retos. Los materiales susceptibles de utilización con agua supercrítica son limitados, así como la existencia de reacciones extremadamente rápidas puede conducir a la formación de productos derivados no deseados. En proyectos anteriores, el agua supercrítica produjo la deshidratación de parte del azúcar generado, resultando compuestos capaces de envenenar la levadura que se usa para convertir el azúcar en etanol y el proceso presentaba un rendimiento relativamente bajo. 
Estas limitaciones parecen haber sido superadas en las investigaciones desarrolladas por Renmatix. Descomponer la hemicelulosa produce otro tipo de azúcar llamado xilosa, que no funciona con la fermentación convencional, pero que se puede usar para algunos biocombustibles avanzados y para procesos bioquímicos.

lunes, 22 de octubre de 2012

¿Legalizar el dopaje?

Tomado del artículo publicado por el escritor Hector Abad Faciolince para el periódico El País. 

 La distinción entre lo natural y lo artificial tiene límites difíciles de definir. No es natural, por ejemplo, lavarse los dientes. Usar cepillo y dentífrico es una costumbre muy reciente entre los seres humanos que la cultura ha descubierto como benéfica para mantener una dentadura libre de manchas y de caries. Demos un paso más: tampoco los productos químicos para blanquearse los dientes son naturales, pero a casi nadie le molesta que una muchacha luzca unos dientes resplandecientes, así se los haya enderezado con ortodoncia y blanqueado con peróxido de hidrógeno. Incluso es preferible un abuelo con caja de dientes a un abuelito desdentado. A las reinas de la belleza no les prohíben participar en los concursos si se han quitado con cirugía una llanta de más en la cintura o si se han puesto con iguales métodos unos cuantos decímetros cúbicos en los senos o en la cadera. A algunas personas les molestan estas ayudas quirúrgicas, pero no dicen nada si se trata de una operación de nariz que no se nota o de una corrección de miopía con varios toques de láser en la córnea. Muchos 'superhombres' de los Juegos han recibido alguna ayuda química ilegal, pero rara vez se detecta Aunque el dopaje no es una ayuda cosmética, puesto que hay drogas que efectivamente mejoran el rendimiento, también ahí es difícil definir las fronteras netas entre lo natural y lo artificial. Veamos, por ejemplo, el caso del hematocrito, que es el porcentaje de glóbulos rojos en la sangre. Es deseable que un atleta tenga un porcentaje alto de glóbulos rojos puesto que son éstos los que llevan el oxígeno de los pulmones a los músculos y el oxígeno es la gasolina del cuerpo. Al mismo tiempo, es también conveniente tener una sangre diluida para evitar trombosis. Hay una manera natural de aumentar el hematocrito: viviendo en alta montaña. Si uno se va a vivir seis meses por encima de los 3.000 metros, en un páramo de los Andes, acaba con un hematocrito de más del 50% cuando el normal a nivel del mar es del 40%. El mismo efecto que se obtiene viviendo a gran altitud se puede lograr inyectando una hormona, EPO. El método de la mudanza es permitido; el método químico, no, ni el de las autotransfusiones de sangre, pero esta decisión es caprichosa. Hay dos motivos que se aducen para prohibir el dopaje: el primero es que es una competencia desleal, pues los que se dopan llevan ventaja a los que no; el segundo es que los deportistas ponen en riesgo su salud. Sobre lo primero puede decirse que con los deportistas de alto rendimiento el problema no es doparse, pues en general todos se dopan; el verdadero problema para médicos y entrenadores es cómo enmascarar el dopaje (con químicos que escondan químicos) para que éste no resulte positivo en los controles. A veces lo que hace que deportistas del primer mundo ganen a deportistas del tercero es que los del primero tienen técnicas más modernas no tanto de doparse como de no ser descubiertos en las pruebas. Y en cuanto al peligro, como señalaba esta semana John Tierney en el New York Times, el riesgo de que estas drogas hagan daño a la salud de los deportistas es inferior al riesgo que corren por practicar deporte. Es decir, hay más riesgos fatales por boxear, jugar al fútbol o caerse de una bicicleta que por tomar hormonas que aumenten el tamaño de los músculos. Además, decía el mismo comentarista, "la sociedad acepta que se intercambie el peligro a cambio de la gloria" y los deportistas, con tal de triunfar, siempre han aceptado el riesgo y siguen escalando el pico más peligroso del Tíbet aunque uno de cada cuatro muera en el intento. Dos de las revistas científicas más prestigiosas del mundo han puesto en duda la efectividad de los tests antidopaje y el verdadero daño que el dopaje hace a los atletas. Tanto para Nature como para The Lancet sería preferible legalizarlo y dar cuidados médicos abiertos a todos los deportistas para prevenir los verdaderos riesgos. La mayoría de los superhombres y las supermujeres que vemos triunfar en los Juegos Olímpicos han recibido algún tipo de ayuda química ilegal, pero éstas rara vez se detectan. Nada más inútil que prohibir algo cuando el fraude no se puede controlar efectivamente y lo único que hay es una fuga hacia adelante para salir limpios en las pruebas. Muchos expertos empiezan a pensar que lo mejor es legalizar el dopaje y controlar sus efectos. En todo caso, dicen, por muchas drogas que se tome un atleta mediocre nunca conseguirá los resultados de uno grande. No es el dopaje lo que hace de Phelps un atleta extraordinario; es una mezcla de genes que lo favorecen con una disciplina de hierro que lo han hecho entrenarse cinco horas diarias durante los últimos 15 años. Aunque quizá tampoco la disciplina sea un mérito: es posible que ésta venga escrita también en nuestros genes.

jueves, 23 de agosto de 2012

El Malpensante

Quiero compartir un árticulo que me llamo bastante la atención, de una revista de la capital a cargo de Andres Hoyos, llamada El Malpensante, el articulo se titula

 "Mis tratos con la marihuana" por Luis Fernando Amador



Cuando abrí el armario de mi hermano mayor vi el bareto. Entonces era cierto: fumaba marihuana. Quedé frío, sin reacción, como si hubiera perdido a mi hermano.Yo tenía 14 años, vivíamos en Ibagué y para mis padres la marihuana era la perdición. Y todo parecía indicar que él la fumaba: tenía el pelo largo, le encantaba el rock y andaba para arriba y para abajo con Moncho Plazas, un reputado marihuanero de la ciudad que usaba unas pintas estrafalarias. Era seguro, aunque él siempre lo negaba. Y mis padres, ingenuamente, le creían. O se hacían los que le creían, así son las familias; nunca ven lo que no les conviene y menos tratándose de los hijos consentidos. Mi mamá moría –y sigue muriendo– por mi hermano mayor. Y mi mamá, sin llegar a ser una matrona, mandaba en la casa.
Solo faltaba la “plena prueba” y yo acababa de descubrirla: ahí estaba el bareto, en el armario bajo llave que antes había sido un lugar prohibido lleno de tesoros: dinero, ropa, revistas, discos y fotos de mujeres. Hubiera podido delatarlo. O chantajearlo: su suerte estaba en mis manos. Sin embargo, no quise cobrar mi victoria. Realmente estaba consternado. Mis padres me habían llevado a ver una película sobre una muchacha que había empezado fumando marihuana y terminó muriéndose “en el infierno de las drogas”. Quedé traumatizado. Además, mi hermano también era mi ídolo. Secretamente yo anhelaba su mundo: de paseos, discotecas, carros, amistades incondicionales y muchachas bonitas. Decidí darle la oportunidad de mentir y seguí con el deporte familiar de no barrer debajo de la cama. Lo encaré, le dije de frente que había visto un cacho de marihuana en su armario. Me respondió impasible: “Se lo estaba guardando a Moncho Plazas”. La vida siguió como antes.
 Hasta que un día un vecino, Gustavo, mucho mayor que yo, me pidió que le prestara unos discos de mi hermano que había escuchado en un programa de rock que él tenía con un amigo en una emisora local. Acababa de enterarme de que mi hermano tenía unas apetecidas “joyas” que me daban estatus en el barrio. Un “grande” requería de mis favores. Imposible negarme. E imposible prestárselos. Me tocó ir a escucharlos con él. Escuchar esa música que a la vez me atraía y me asustaba porque la asociaba directamente con la marihuana. Llegamos a su casa y, oh sorpresa, la otra invitada era la rubia divina del barrio. Nada que hacer: los marihuaneros conseguían las mejores viejas. Y estaba ahí, en el piso, sentada a mi lado, en actitud relajada. Mientras Gustavo empezaba a armar el bareto, yo sudaba y trataba de encontrar una disculpa para no “meter” que me dejara bien librado. Mejor dicho: que no me dejara como un huevón. Por primera vez sentí lo que era la presión de grupo. Aunque, teniendo en cuenta a la rubia divina, podría hablarse mejor de presión de “grupa”. Gustavo terminó de armarlo y me lo pasó: “No, gracias, más tarde”. La rubia divina, en cambio, no vaciló: aspiró varias veces mientras Gustavo le subía el volumen al disco The Very Best of Cream (¿o era Jethro Tull?). Miré a la rubia divina que después de fumar se echó unas gotas en los ojos y se fue para un mundo en el que, claramente, yo existía aún menos. El tiempo pasaba lento y yo –no sé para quién– ponía cara de estar muy interesado en la música. Fingía que me sollaba la música; fingía que no era un huevón. De pronto, Gustavo dijo que la marihuana se había acabado y me pidió que lo acompañara a comprar. Me provocó abrazarlo, darle las gracias: todavía me tenía en cuenta, a pesar de todo. Tomamos un bus y nos bajamos en una tienda de mala muerte hacia la salida para Armenia. Gustavo le habló a la dueña con un santo y seña y ella llamó a un muchacho que al rato se apareció con un paquete. Estaba asustado pero alcanzaba a disfrutar la adrenalina del peligro y de la clandestinidad. Si no era marihuanero, al menos podía llegar a ser un buen cómplice, “un man fresco”.
A los pocos años, ya no fue raro ver a los amigos fumando marihuana. En la esquina, en el cine, en cualquier parte, rodaba el bareto tranquilamente. Pero ya no me daba pena decir que no: me había vuelto simpatizante de izquierda –participaba en grupos de estudios marxistas– y los marihuaneros me parecían decadentes, alienados, oprimidos por la cultura del imperialismo. Aunque eso sí: seguía envidiándoles sus nenas bonitas, que escaseaban entre nuestras “compañeras”.
Me vine a Bogotá a estudiar junto con mi hermano mayor, que muy temprano empezó a trabajar y a encontrarle el gusto al dinero. Si fumaba, fumaba muy poco: la marihuana vuelve muy perezosa a la gente y eso es incompatible con hacer plata. Luego de vivir con una tía, de peregrinar por varias residencias estudiantiles, recalamos en una sui géneris administrada por los mismos estudiantes. Era una delicia; allí viví mi mejor época de estudiante, en un cuarto inolvidable junto a un árbol de sauce. Había estudiantes de todas las regiones, de todas las tendencias, caracteres y gustos. Había, por supuesto, varios marihuaneros. Que eran, por cierto, los más queridos y con los que mejor se hablaba de política, de música, de cine y de literatura. Fumaban marihuana todos los días. Tanto que a veces se engañaban ellos mismos. Alguno decía: “Hace rato que no me trabo”. Otro le respondía: “Ve, yo tampoco, ¿por qué no armamos un bareto?”. Es cierto, ahí lo comprobé: no es fácil dejar la marihuana. Fumaban y fumaban con sus lindas nenas y yo incólume, con mis firmes convicciones de izquierda, culpabilizándolos un poco por mi simple negativa a probarla.
Hasta que un día –llevaba ya tres años viviendo en la residencia– me entró la curiosidad de probarla. ¿Por qué? No sé: por joder, por cambiar, por la curiosidad de tanto verla, por no seguir siendo un adalid de nada y mucho menos de la moral. Le pedí al más burro que consiguiera un bareto. Fumé –yo no fumaba ni siquiera cigarrillos– y me senté a esperar. Nada, no sentí nada. “Es la marihuana, no es buena”, sentenció el experto. A los tres días se apareció con un paquete: “Es punto rojo, la mejor, no falla”. Por si las dudas, y porque no sabía aspirar, fumé bastante. Sentí demasiado: sentí que el piso se movía; me quedé media hora pensando si bajaba las escaleras y una eternidad mirándome en el espejo del baño sorprendido de que “ése” fuera yo. Sensaciones amorfas, extrañas, poco agradables. ¿Cuál era la bulla? El burro, como un profesor paciente, me explicó: “Hay que aterrizar la traba. Usted no se puede trabar y esperar a ver qué pasa. Hay que trabarse y hacer algo: leer, ir a cine, escuchar música, hacer el amor”. Leer no pude; hacer el amor no tenía con quién; escuchar música no me pareció mejor que hacerlo con audífonos. Me quedaba el cine: qué maravilla. O mejor: “qué nota”. Sobre todo, los musicales:Dulce caridad y Fama. La marihuana exacerba los sentidos pero a mí me exacerbaba especialmente el de la vista. Y la paranoia: así como era placentero ver las películas, era igual de angustioso tomar el bus para ir al teatro, padecer la mirada acusatoria de cada uno de los pasajeros que me gritaban como en el poema de Barba Jacob: “¡Eres un marihuano, un perdido!”. No aguanté la paranoia; en la balanza, mayor que el gusto. No volví a trabarme para ir a cine. Entre tanto, la acogida que me dieron los marihuaneros de la residencia fue conmovedora. Al fin era uno de los suyos, un carnal, parte de la cofradía, de la familia entrañable.
Por esa época leía mucho psicoanálisis y estaba obsesionado con psicoanalizarme. Se me ocurrió que la marihuana podía ayudarme en ese propósito. Y vaya si me ayudó: entendí la enfermiza relación con mi madre. Me curé del asma, que es un amor quejoso. La perdoné y quedó en paz mi relación con ella. Pude verbalizar una palabra mágica que fue tan brutal como esclarecedora. Muchos años después lo pude decir mejor, con la sutileza y los matices que proporciona el lenguaje poético:
Edipo resuelto
Le habían dado en el reparto
La actuación más difícil
La más triste
La de la madre
Que debía amar a su hijo.
Nunca más volví a probar la marihuana. No me ha hecho falta.